Lunes 05 de Noviembre de 2018

Generación 1968: 50 AÑOS DE EGRESADAS

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Amigas queridas:
Bienvenidas a este encuentro en que celebramos 50 años de egresadas del Colegio, 50 años desde que dejamos nuestra querida Maisonnette, esa casita, mezcla de refugio interior y libertad de pensamiento, que nos brindó Madame Gabriela con su amor y calidad humana. Y donde también nos acogieron nuestras profesoras, profesores  e inspectoras, personajes inolvidables en nuestra propia historia.
50 años parecen una eternidad, pero nuestra memoria no tiene un antes y un después, simplemente es una llama viva que arde en eterno presente.  Ella nos devuelve a esas niñas disfrazadas  que corrían por los patios del Colegio en la calle Concepción, las osadas que se colgaban de un fierro en la carbonera y que más de una vez terminaron cayendo sobre un cerro de carbón, pidiendo auxilio a todo pulmón. En nuestra memoria viven para siempre madame Antoinette, madame Henriette, madame Camille, nuestras profesoras francesas íconos, refugiadas de la primera guerra mundial  y a las que Madame convenció para que se vinieran a este lejano destino, y que nos transmitieron el francés y toda su cultura.  Nos vemos en nuestra Primera Comunión vestidas  de Santa Teresita, parecíamos monjitas, sólo parecíamos.
En ese tiempo descubrimos  que no había nada mejor que tener amigas  que compartir, descubríamos la vida a través de los juegos. No recuerdo que Madame nos presionara demasiado en los estudios, le daba a cada una lo suyo y nos dejaba fluir  ¡Y cómo fluíamos!
Y la llama de nuestra memoria nos lleva a La Maisonnette de Pedro de Valdivia, tenemos 13, 14 años. Es curioso porque seguimos disfrazadas, al parecer era nuestro juego favorito, así como el de Naciones corriendo por los jardines, también bailar y cantar folklore dirigidas por madame Marise y su guitarra.
Veo las disertaciones al aire libre, frente a todo el colegio, las clases de gimnasia donde solíamos presentar el justificativo tipo que hoy sería de culto: “Señor Carmona o Mayor Fuentes ruego a usted disculpar a mi hija por no hacer gimnasia debido a  que se encuentra indispuesta”. ¿Qué significaba estar indispuesta? Bueno lo que ahora se llamaría por su nombre: la famosa menstruación o regla (Andar con “la rule” para las bilingües). Y que en el presente no sería excusa válida para no hacer ejercicios  ni dejar de lavarse el pelo.  Y de pronto junto con la adolescencia nos volvimos fanáticas de los campeonatos deportivos.  Entrenábamos todo el día, pero no todas éramos atletas destacadas, las malitas nos íbamos a las barras y desde allí competíamos con pasión desatada con canciones y gritos apoyando a nuestros colores: primero las azules y las rojas; luego se agregaron las verdes y al último las amarillas, formando un maravilloso haz de colores.

Y nuestra memoria da un salto.  El colegio se traslada a la calle Luis Pasteur, que en ese tiempo quedaba en las afueras de Santiago.  Hasta ahí nos trasladan las históricas micros de acercamiento amarillas que esperábamos pasar en diferentes lugares (¡pucha se me fue la micro¡).
   
Así llegan los años sesenta, nuestros disfraces y juegos cambian: la minifalda, Los Beatles, los hippies, la revolución.  Se respiran nuevos aires y el colegio, como siempre, acoge nuestras inquietudes: hacemos debates, vamos a talleres literarios, de manualidades, de teatro, de pintura, de música, y apadrinamos niños de la parroquia.  Empezamos a tener consciencia de la que significa “el amor al saber” y “el amor al prójimo”, conocemos otras realidades y nuestro mundo de agranda.  Profundas e inolvidables amistades entre nosotras y por grupos de afinidades.  No nos cabe en el pecho tanto entusiasmo por vivir, nos arrancamos a fumar a los potreros, nos enamoramos del amor, algunas nos ponemos a pololear, otras nos creemos novias.  Salimos a fiestas o a bailar los fines de semana.  Nos juramos grandes, pero sólo somos pollos asomando la cabeza del cascarón.  Nos vamos de viaje de estudios a Argentina y Uruguay, las más suertudas en un tour masivo y despelotado con los chicos del Luis Campino y el Liceo Lastarria.  Y además de todo eso, tenemos que estudiar para pasar las terribles comisiones que nos visitan cada fin de año para triturarnos con los exámenes válidos. Todo es intensidad de vida en esos años.  Y Madame, la Maribel Tocornal, la María Teresa, la señora Luisa, la Luz María Edwards, la Perla Parada, Ciro, el mayor Fuentes, la Isabel Peñafiel y tantos otros siempre presentes.

Y sin darnos cuenta, como si fuera un sueño que terminó, tenemos que dejar el colegio.  No podemos seguir jugando, hay que enfrentar la vida, tomar decisiones, equivocarnos, levantarnos y seguir sin rendirse. Dicen que educar es preparar para el futuro y nuestro colegio nos formó para eso. Para cuando Madame y su maravillosa gente no estuvieran con nosotros.  Y así fue.

Y ahora al juntarnos nos preguntamos qué nos ha unido desde que salimos del colegio y porqué hay tantas aquí, no sólo las que se graduaron sino también muchas que estuvieron sólo de paso por el curso.  Sin duda el entorno de libertad que creó Madame, donde recibió con los brazos abiertos a  las que llegaban, acogiéndolas a todas por igual para ayudarlas a integrarse e ir descubriendo y potenciando en cada una los dones que las distinguían, sembrando semillas que no olvidaremos.

Ese legado nos ha permitido usar las herramientas que heredamos para superarnos, fructificar en el servicio, ayudarnos cuando se vienen tiempos difíciles, y también juntarnos y pasarlo bien hasta ahogarnos de la risa, resucitando ese espíritu de juego que teníamos de niñas.  Cada una con sus capacidades cada una desde su trinchera.

En estos años no hemos dejado de tener presente a los que se han ido, especialmente a nuestras queridas compañeras Ximena Salgado, Eugenia Mira, Beatriz Sallato, Magdalena Zuloaga y Lola Swinburn.
También echamos de menos a las que están lejos o tuvieron problemas para venir. Todas ellas están con nosotras en el recuerdo.

Al final todo tiene un propósito, y el estar hoy unidas, con los mismos lazos de amistad y compañerismo de antes, como grupo nos hermanamos para continuar el contacto y darnos la mano cuando haga falta. Esta será nuestra principal tarea, porque estamos acercándonos al final de la vida, pero sabemos que la llama que arde en  nuestra memoria, nuestro Colegio, sigue viva y no nos abandonará jamás.