Domingo 20 de Octubre de 2019

50 años de egreso... Reunión de ex alumnas

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Amigas queridas:
Bienvenidas a este encuentro en que celebramos 50 años de egresadas del Colegio, 50 años desde que dejamos nuestra querida Maisonnette, esa casita, mezcla de refugio interior y libertad de pensamiento, que nos brindó Madame Gabriela con su amor y calidad humana. Y donde también nos
acogieron nuestras profesoras, profesores e inspectoras, personajes inolvidables en nuestra propia historia.
50 años parecen una eternidad, pero nuestra memoria no tiene un antes y un después, simplemente es una llama viva que arde en eterno presente. Ella
nos devuelve a esas niñas disfrazadas que corrían por los patios del Colegio en la calle Concepción, las osadas que se colgaban de un fierro en la carbonera y que más de una vez terminaron cayendo sobre un cerro de carbón, pidiendo auxilio a todo pulmón. En nuestra memoria viven para siempre madame Antoinette, madame Henriette, madame Camille, nuestras profesoras francesas íconos, refugiadas de la primera guerra mundial y a las
que Madame convenció para que se vinieran a este lejano destino, y que nos transmitieron el francés y toda su cultura.
Nos vemos en nuestra Primera Comunión vestidas de Santa Teresita, parecíamos monjitas, sólo parecíamos.
En ese tiempo descubrimos que no había nada mejor que tener amigas que compartir, descubríamos la vida a través de los juegos. No recuerdo que
Madame nos presionara demasiado en los estudios, le daba a cada una lo suyo y nos dejaba fluir ¡Y cómo fluíamos!
Y la llama de nuestra memoria nos lleva a La Maisonnette de Pedro de Valdivia, tenemos 13, 14 años. Es curioso porque seguimos disfrazadas, al
parecer era nuestro juego favorito, así como el de Naciones corriendo por los jardines, también bailar y cantar folklore dirigidas por madame Marise y su
guitarra.
Veo las disertaciones al aire libre, frente a todo el colegio, las clases de gimnasia donde solíamos presentar el justificativo tipo que hoy sería de culto: “Señor Carmona o Mayor Fuentes ruego a usted disculpar a mi hija por no hacer gimnasia debido a que se encuentra indispuesta”. ¿Qué significaba
estar indispuesta? Bueno lo que ahora se llamaría por su nombre: la famosa menstruación o regla (Andar con “la rule” para las bilingües). Y que en el
presente no sería excusa válida para no hacer ejercicios ni dejar de lavarse el pelo. Y de pronto junto con la adolescencia nos volvimos fanáticas de los
campeonatos deportivos. Entrenábamos todo el día, pero no todas éramos atletas destacadas, las malitas nos íbamos a las barras y desde allí competíamos con pasión desatada con canciones y gritos apoyando a nuestros colores: primero las azules y las rojas; luego se agregaron las verdes y al último las amarillas, formando un maravilloso haz de colores.

Y nuestra memoria da un salto. El colegio se traslada a la calle Luis Pasteur, que en ese tiempo quedaba en las afueras de Santiago. Hasta ahí nos trasladan las históricas micros de acercamiento amarillas que esperábamos pasar en diferentes lugares (¡pucha se me fue la micro¡).

Así llegan los años sesenta, nuestros disfraces y juegos cambian: la minifalda, Los Beatles, los hippies, la revolución. Se respiran nuevos aires y el colegio, como siempre, acoge nuestras inquietudes: hacemos debates, vamos a talleres literarios, de manualidades, de teatro, de pintura, de música, y apadrinamos niños de la parroquia. Empezamos a tener consciencia de la que significa “el amor al saber” y “el amor al prójimo”, conocemos otras
realidades y nuestro mundo de agranda. Profundas e inolvidables amistades entre nosotras y por grupos de afinidades. No nos cabe en el pecho tanto
entusiasmo por vivir, nos arrancamos a fumar a los potreros, nos
enamoramos del amor, algunas nos ponemos a pololear, otras nos creemos
novias. Salimos a fiestas o a bailar los fines de semana. Nos juramos
grandes, pero sólo somos pollos asomando la cabeza del cascarón. Nos

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vamos de viaje de estudios a Argentina y Uruguay, las más suertudas en un
tour masivo y despelotado con los chicos del Luis Campino y el Liceo
Lastarria. Y además de todo eso, tenemos que estudiar para pasar las
terribles comisiones que nos visitan cada fin de año para triturarnos con los
exámenes válidos. Todo es intensidad de vida en esos años. Y Madame, la
Maribel Tocornal, la María Teresa, la señora Luisa, la Luz María Edwards, la
Perla Parada, Ciro, el mayor Fuentes, la Isabel Peñafiel y tantos otros siempre
presentes.

Y sin darnos cuenta, como si fuera un sueño que terminó, tenemos que dejar
el colegio. No podemos seguir jugando, hay que enfrentar la vida, tomar
decisiones, equivocarnos, levantarnos y seguir sin rendirse. Dicen que educar
es preparar para el futuro y nuestro colegio nos formó para eso. Para cuando
Madame y su maravillosa gente no estuvieran con nosotros. Y así fue.

Y ahora al juntarnos nos preguntamos qué nos ha unido desde que salimos
del colegio y porqué hay tantas aquí, no sólo las que se graduaron sino
también muchas que estuvieron sólo de paso por el curso. Sin duda el
entorno de libertad que creó Madame, donde recibió con los brazos abiertos
a las que llegaban, acogiéndolas a todas por igual para ayudarlas a integrarse
e ir descubriendo y potenciando en cada una los dones que las distinguían,
sembrando semillas que no olvidaremos.

Ese legado nos ha permitido usar las herramientas que heredamos para
superarnos, fructificar en el servicio, ayudarnos cuando se vienen tiempos
difíciles, y también juntarnos y pasarlo bien hasta ahogarnos de la risa,
resucitando ese espíritu de juego que teníamos de niñas. Cada una con sus
capacidades cada una desde su trinchera.

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En estos años no hemos dejado de tener presente a los que se han ido,
especialmente a nuestras queridas compañeras Ximena Salgado, Eugenia
Mira, Beatriz Sallato, Magdalena Zuloaga y Lola Swinburn.
También echamos de menos a las que están lejos o tuvieron problemas para
venir. Todas ellas están con nosotras en el recuerdo.

Al final todo tiene un propósito, y el estar hoy unidas, con los mismos lazos
de amistad y compañerismo de antes, como grupo nos hermanamos para
continuar el contacto y darnos la mano cuando haga falta. Esta será nuestra
principal tarea, porque estamos acercándonos al final de la vida, pero
sabemos que la llama que arde en nuestra memoria, nuestro Colegio, sigue
viva y no nos abandonará jamás.